EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo / Columna

No tengo la menor duda que en Oaxaca estamos viviendo tiempos inéditos. La semana pasada, nueve gobernadores de la zona Sur-Sureste de México, en el marco de la reunión de la Confederación de Cámaras Industriales de los Estados Unidos Mexicanos –CONCAMIN-, suscribieron el llamado “Pacto Oaxaca”.

Al evento asistió el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien también realizó otra gira de trabajo por tres días en la entidad.

Se trata de detonar el desarrollo de esa zona geográfica, que ha estado a la zaga del progreso nacional, bajo una estrategia que permita, a través del esfuerzo coordinado entre gobiernos, empresarios, académicos y sociedad civil, impulsar en el corto, mediano y largo plazos, acciones que coadyuven al desarrollo económico y social de esta región de México.

En mi modesta opinión se trata de una acción de justicia con una de las regiones del país que, históricamente, ha ido a la zaga del desarrollo nacional.

El fenómeno de esa dualidad que vive el país: el norte desarrollado y el sur rezagado, ha sido motivo de análisis de muchos economistas y sociólogos. Oaxaca, Chiapas y Guerrero, tres de las entidades con mayores índices de pobreza, han sido abandonadas prácticamente por la Federación.

Con el citado Pacto y el Proyecto Transístimico, se abren entre los oaxaqueños muchas esperanzas y grandes expectativas. Ambos son complementarios, no excluyentes.

Aquí lo hemos comentado: somos depositarios de un pasado milenario; tenemos vastos recursos naturales y un gran potencial humano. Oaxaca es un venero de talento y creatividad; de cultura y diversidad. Merecemos otro destino.

Sin embargo, también hemos sido testigos de buenos propósitos y proyectos fracasados. De programas ambiciosos y artificios sexenales. Jamás se concretaron los proyectos de desarrollo en el Istmo ni el relanzamiento turístico de Huatulco.

El diferido proyecto de las dos super carreteras es el ejemplo que más ilustra nuestros sueños fallidos. Pero hay otros más, que se han quedado como una ilusión.

Espero, sinceramente, que con ese cariño que dice tener el presidente López Obrador por Oaxaca; la confianza del sector empresarial y la solidez de los académicos y la sociedad civil, veamos el resultado del citado “Pacto Oaxaca” y del Proyecto Transístmico.

Pero también que el gobierno estatal ponga su mejor empeño para que los obstáculos que siempre imponen grupos y organizaciones sociales; adversarios políticos y detractores, no sean impedimento para concretarlos.

Que los intereses particulares o de grupo, como lo hemos visto en el proyecto del Tren Interoceánico, se subordinen al bien común de todos los oaxaqueños. Es decir, que no tiemble la mano para aplicar la ley y acotar a quienes sin razón, han sido los peores obstáculos para nuestro legítima aspiración de superar el rezago y el atraso.

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