EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo / Columna

Todo parece indicar que la educación pública oaxaqueña seguirá condenada a continuar a la cola del país. Previo a iniciar el ciclo escolar 2019-2020, notas periodísticas revelan que los capos del Cártel 22, andan atareados en el reparto del llamado Plan para la Transformación de la Educación en Oaxaca –el PTEO-. Un documento que, en su momento lo comentamos, fue descalificado por expertos en educación del Instituto Politécnico Nacional.

Y la crítica no fue fortuita. El primer borrador estaba plagado de errores ortográficos, inconsistencias pedagógicas, abuso de la ideología y soslayo de la academia.

Es un plan que, obviamente, no está pensado para mejorar la calidad de la educación que imparte el Estado –como ha pedido el presidente López Obrador- ni el nivel académico y de conocimiento de los alumnos, sino un instrumento ideológico que apunta más hacia el fanatismo que a la formación en las ciencias básicas o sociales.

Dicen los críticos que el PTEO y sus promotores, no solo se lanzan en contra del neoliberalismo, sino también –aunque parezca una contradicción- en contra del crecimiento económico. Dice textualmente en la página 21: “La estructura y el crecimiento económico de los mercados han acarreado graves consecuencias en costos ambientales, sanitarios, sociales culturales, económicos y educativos, que se manifiestan en una disminución de la calidad de vida de los pueblos, así como la pérdida de identidad histórica y cultural”.

Ahora resulta que, mientras el gobierno del presidente Andrés Manuel le apuesta a un crecimiento del 2% al menos para este año, la CNTE/Sección 22, le apuestan a la parálisis económica.

Se trata pues, de crear estereotipos, paradigmas y cartabones, cifrados en ideologías que hace mucho fracasaron. No la democracia participativa ni la que se sitúa en la participación comunitaria, sino la que sueña con una revolución, fomentada por aquellos que viven del salario que les paga el Estado, a quien pretenden cuestionar.

Utilizar dicho instrumento, haciendo a un lado los libros de texto, apunta hacia la formación de generaciones cifradas en el fanatismo y no en la capacidad crítica. Desde hoy, autoridades y padres de familia deben encender las luces amarillas, porque de permitir que se siga vulnerando el proceso enseñanza-aprendizaje, inculcando modelos arcaicos o doctrinas ideológicas ya rebasadas, es tan grave como esperar generaciones irresponsables con su tiempo y poco competitivas en un mundo global. Ello implica seguir a la zaga del desarrollo educativo nacional por la terquedad de fanáticos e ignorantes.

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