EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna

El pasado 14 de enero, se recordaron los 89 años de aquel sismo de 7.8 grados, que la gente le llamó “del 14”, que devastó la capital oaxaqueña y algunas comunidades de los Valles Centrales. El siniestro duró, dicen los historiadores, 3 minutos y 10 segundos, lo que ocasionó derrumbe de casas, edificios públicos y comercios.

Según las mismas fuentes, habrían muerto cientos o miles de personas, lo que también generó hambruna y una epidemia de cólera. Fue en 1931 y el epicentro fue en Loxicha. Este fue uno de tantos, que han diezmado a la población, en nuestra ya ancestral fama de estado altamente sísmico.

Nuestra historia pues, va aparejada con sismos y siniestros. Solo en 1928, hubo al menos cuatro sismos superiores a los 7.5 grados. El 21 de marzo, 16 de junio, 4 de agosto y 8 de octubre. Y de ahí hasta la fecha. En septiembre de 2017, movimientos de tierra devastadores fustigaron al Istmo de Tehuantepec. Juchitán y decenas de comunidades istmeñas vivieron una pesadilla con el sismo de 8.1 grados y sus réplicas fuertes, el 19 y 23 del mismo mes. Muchos damnificados no han podido volver a la normalidad. La ayuda devino botín de algunos y burocratismo para otros.

Este año empezamos mal en materia de siniestros. El 4 de enero, uno de 6.5 grados provocó daños en Unión Hidalgo y otras poblaciones de la región. El pasado 16 de enero, otro de 5.3 grados, con epicentro a unos kilómetros de Ciudad Ixtepec. Las aguas del balneario natural de Santiago Laollaga, se volvieron turbias. Pero las réplicas han sido muchas, como en el 2017, que se contabilizaron por miles. Pero, ¿a qué viene este breve recuento de los temblores que azotaron a nuestros ancestros y ahora a nosotros, en pleno Siglo XXI?

A que no existe aún entre la ciudadanía, la cultura del qué hacer en casos de desastre. A que hacen falta campañas masivas de difusión, para conocer el ABC para desalojar edificios públicos, mercados, escuelas, etc., en casos de presentarse algún siniestro de esta naturaleza.

Existen aún sitios públicos sin las rutas de evacuación; antros y bares que carecen de señalización. No se trata de aplicar medidas punitivas, sino de hacer consciencia de nuestra realidad sísmica. La cultura de protección civil debe formar parte de los programas escolares. Insertar en la conciencia colectiva la necesidad de la salvación propia y la de los demás. No es tarea fácil, pero debe ser una labor de corresponsabilidad de la sociedad civil organizada y las autoridades. Más que simulacros, que sí son necesarios, hace falta crear una cultura.

No hay comentarios

Dejar respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.