EL COMENTARIO DE HOY

Juan Peréz Audelo/ Columna

El combate a la corrupción se ha convertido en una especie de moda, en sentido contrario a la realidad. Por un lado, se habla de los corruptos del pasado, pero las prácticas de hoy son a imagen y semejanza. Se instalan fiscalías, comisiones u otros órganos, que al final de todo resultan elefantes blancos. Ni operan, ni tienen a veces facultades punitivas o de sanción. La mayoría de las veces terminan como simple membretes.

Aquí y acullá, la famosa Ley de Adquisiciones de Bienes y Servicios es letra muerta. Como lo ha denunciado la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción –la CMIC-. El favoritismo y la falta de convocatoria para que los constructores locales participen, ha quebrado prácticamente a dicha industria a nivel local. Así fue en el sexenio pasado. No más de cinco empresas foráneas fueron las beneficiadas. Y las cosas parece que no cambian. Seguimos en las mismas.

Se instala en el Congreso del estado la comisión para verificar la contratación de deuda del Poder Ejecutivo, pero se ocultan las malas prácticas como el “pago por evento”, por ejemplo, del que no escapa ninguno y debería decir también, ninguna. Empezando por los honestos y consecuentes del Movimiento de Regeneración Nacional, que han hecho del “no mentir, no robar, no traicionar”, una parodia.

La presunta corrupción y el centaveo al interior del Legislativo, lo maquillan como “omisión”, como recién acaba de ocurrir en la Comisión de Justicia, para la designación de un nuevo magistrado del Poder Judicial del Estado o con las comparecencias de los titulares de las dependencias, de contentillo. Las mismas se posponen a modo, midiéndole el agua a los camotes o como Quevedo: de acuerdo al cristal con el que se mira. Es decir, no pasa nada. Todos felices y contentos.

La clase política se desgarra las vestiduras para hablar de la equidad de género, pero nadie cumple. O sí, pero sólo en el discurso, sobre todo en marzo, en que se conmemora el “Día Internacional de la Mujer”. Esto es: parece que ya nos habituamos al doble discurso, a la doble moral. La simulación y el gatopardismo. En Oaxaca y en nuestra política rastacuero, del partido que sea, lo importante es el futurismo; denostar e injuriar al de al lado; servir al amo y, mientras fluya el recurso, nadar de muertito. Nuestra política pues, se ha convertido en un teatro, en donde actores y operadores de tramoya, hacen cuanto pueden para seguir perviviendo de ese libreto absurdo en que ha devenido lo que antes fue, un verdadero arte del convencimiento, el diálogo y la conciliación.

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