EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna

Casi a finales del Siglo XIX, por ahí de 1886 y 1887, Matías Romero, economista, abogado y diplomático oaxaqueño, que fue distinguido miembro de la Generación del 57, con cuya filosofía hizo un excelente papel como Representante del gobierno liberal de México en Washington, escribió dos obras: Una, “Coffee and Rubber in México” y dos, “El Estado de Oaxaca”. En ellas ponía de manifiesto su erudición en todo lo que se refería al café.

Haré un ejercicio de memoria para ubicar el tema. En uno de los pasajes de la obra “El Estado de Oaxaca”, dice más o menos: “cuando la grana cochinilla dejó de cultivarse en los Valles, la gente emprendedora de Miahuatlán llegó a poblar el Cerro de La Pluma, en donde se cultiva una especie que es, a mi parecer, uno de los mejores cafés del mundo”. Estamos hablando de cerca de siglo y medio y el aromático que se cultiva en dicha zona, tenía ya fama de único y excepcional.

Lo anterior viene a tema pues la semana pasada fue todo un acontecimiento la entrega del reconocimiento al ejecutivo estatal, de la “Declaración de Protección de la Denominación de Origen Pluma”. Con ello –se dijo- Oaxaca ratifica su posición como el cuarto estado productor de este aromático en el país, junto a Chiapas, Veracruz y Puebla, además de ser pionero en la producción de café orgánico y, se abre la puerta para comercializarlo a mercados internacionales.

Dicha declaración, sin duda, es un reconocimiento tácito a miles de productores, medianos y pequeños, que día a día han luchado contra la apatía oficial. Que no han recibido apoyo; que han sorteado con sus propios medios la plaga de la roya, la cual ha diezmado los cultivos y se han recuperado de los siniestros, tormentas y sismos, que también han hecho su labor nociva, con más convicción que fuerza. Ojalá, en efecto, la denominación de origen no sea un espejismo, que aprovechen unos en detrimento de los más.

El café Pluma y el mezcal, en sus diversos tipos de agave, con todo lo que hoy lleva este último, en busca de su propia denominación de origen, son parte de nuestra identidad originaria. Hemos crecido y vivido con ellos. Los llevamos tatuados –hablando metafóricamente- en el cuerpo. También en el mezcal, convertido en boom mundial, los pequeños productores y quienes están en la friega en el palenque, han sucumbido ante el coyotaje y los intermediarios. Su consumo ha devenido, aún en nuestra propia tierra, un artículo de lujo. El precio que paga el consumidor final no es ni la décima parte de lo que recibe el verdadero productor mezcalero.

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