Juan Pérez Audelo/ Columna

El pasado miércoles 27 de mayo, una nueva tragedia golpeó a Oaxaca. Un brutal incendio destruyó 126 locales comerciales en el Mercado de Abasto, el principal centro comercial en la capital. En un momento, el patrimonio de esas familias, construido, seguramente con años de esfuerzos, quedó hecho cenizas. Por fortuna no hubo desgracias personales, aunque sí el quebranto económico de quienes perdieron sus mercancías y sitios de trabajo.

Se ha especulado sobre las causas que motivaron el siniestro. Es tarea para las autoridades ministeriales investigar. El incendio se presentó a pocos días de haberse instalado en dicha zona comercial, varios filtros sanitarios, pues el gobierno municipal la identificó como uno de los principales focos de contagio de Covid-19. La intención era ponerla en una especie de cuarentena. Pero no. El Mercado de Abasto es un mundo aparte.

No es un secreto que quienes hacen y deshacen ahí son los líderes, que ejercen un control absoluto sobre locatarios, proveedores que llegan con sus camiones de frutas o verduras, propietarios de bodegas, etc. Tampoco es un secreto que ahí se han incubado los peores vicios. La gente que se gana la vida con la venta de sus productos, vive fustigada por malillas y delincuentes, que lo mismo roban que andan al filo de la ley.

El ejecutivo estatal estuvo el jueves anterior en la zona del siniestro. Estuvo también el presidente municipal. El primero ofreció el apoyo del gobierno estatal por cien millones de pesos, para poner en marcha el Programa Integral de Rehabilitación. Suponemos es para reconstruir el área siniestrada y devolver a los propietarios el patrimonio con el que se ganan la vida. Pero también, para hacer de este centro popular de comercio, un sitio seguro y confiable.

Porque hay voces en Oaxaca que afirman que los citadinos requieren ya de un espacio comercial más funcional, organizado, moderno y acorde a los tiempos en que vivimos. Con certeza, el Mercado de Abasto está en vísperas de cumplir medio siglo. Las cosas hoy no son iguales a la década de los setentas cuando se inauguró. Hoy, dicho mercado es una realidad aparte. Con miles y miles de clientes que acuden en busca de mejores precios, mejor calidad y más frescura en los productos.

Pero lo que requiere con urgencia es una limpia generalizada de tantos vicios, de cacicazgos, inseguridad y anarquía, que han prohijado los dirigentes, organizaciones y grupos, que ahí se disputan cada día, los espacios para tener más poder y dinero. Sería muy saludable para los citadinos y para los propios mercaderes.

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