Juan Pérez Audelo/ Columna

En 1994, la Sociedad Interamericana de Prensa –la SIP-, que aglutina a cientos de medios en los Estados Unidos, México y América Latina, suscribió la famosa Declaración de Chapultepec, en uno de cuyos postulados se lee que “no puede hablarse de democracia en donde se conculca la libertad de expresión”. En el antiguo régimen, ahora calificado como neoliberal, o más bien, cuando reinaba la llamada “mafia del poder”, el 7 de junio era el día dedicado a celebrar esta libertad.

En realidad, el Día Internacional de la Libertad de Prensa se celebra el 3 de mayo. No obstante, en México, en los tiempos cuando en el país sólo prevalecía la fuerza y presencia de un solo partido, el PRI, se impuso aquella fecha. Era sólo para el besamanos al presidente, de parte de aquellos apologistas que le rendían tributo en espera de recibir canonjías y privilegios. Los premios nacionales de periodismo eran atribuidos, en su mayoría, a quienes sólo rendían pleitesía al omnímodo poder presidencial.

Quien no se disciplinaba recibía sanciones abiertas o veladas. A los medios impresos que no se apegaban a la “línea oficial”, les regateaban la venta de papel, entonces en manos del gobierno federal. Había pues, una y mil formas de doblegar a medios y plumas críticas. Desde los años ochenta se empezaron a exacerbar los asesinatos de periodistas y ataques a medios de comunicación. Por un lado, se ponderaba la libre expresión; por la otra, esos crímenes nunca se esclarecían. Permeaba la impunidad y prevalecía un doble discurso.

Las cosas, lamentablemente, no parecen haber cambiado mucho. El trabajo periodístico se sigue estigmatizando. Se ha convertido en botana y escarnio de fanáticos y personeros. Confiamos en que no se busque sólo el aplauso y la apología. Estamos ciertos de que la crítica es necesaria para un gobierno democrático, emanado de la voluntad mayoritaria del pueblo mexicano.

Por tanto, los delitos cometidos para conculcar la libre expresión, que en el pasado se convirtieron en una mancha indeleble, deben dar paso a la certidumbre de un ejercicio, que da voz a quienes no la tienen. No es ético ni instrumento de un buen gobierno, estimular el encono en contra de medios y periodistas.

Si bien es cierto que la libre expresión está en México, en serio riesgo, como dice la SIP, bajo el escrutinio y la descalificación constante, esto no debe constituir, otra vez, una nueva mancha al régimen actual. Lo único que se ha exigido en todos los foros y esferas del poder público, es que se nos permita en un ambiente de libertad y seguridad, ejercer nuestro trabajo.

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