Juan Pérez Audelo/ Columna

La semana pasada, el presidente de México acudió en visita de trabajo a los Estados Unidos de América. Fue recibido por su homólogo de la Unión Americana quien, como se difundió en los medios de comunicación, tuvo para nuestro presidente un trato deferente, amable y cordial. Es más, hubo intercambio de regalos y halagos mutuos. La visita -que no fue de Estado- tuvo un tratamiento como tal.

Se trata de la primera visita fuera del país que realiza el primer mandatario. La misma fue calificada como exitosa, única, excepcional. Los vaticinios sobre inversiones están a todo lo que dan; los comentarios respecto al nuevo trato que tendrán nuestros paisanos en la Unión Americana, no se quedan atrás. Tal pareciera dicha visita y el tratado de libre comercio con los Estados Unidos y Canadá, ahora conocido como T-MEC, serán la panacea que cure todos nuestros males en la economía mexicana.

Sin embargo, hay opiniones que no comparten ese optimismo. Hay decenas y decenas de libros, análisis y una abundante bibliografía sobre la relación tortuosa y asimétrica; discriminatoria y ventajosa, que ha sido la que han mantenido México y los Estados Unidos. Nuestro vecino, lo sabemos todos, no tiene amigos, sino intereses. Nuestro país, también lo hemos aprendido, ha sido el patio trasero de los norteamericanos. Millones de mexicanos han contribuido con su trabajo, en los campos agrícolas, en los servicios o en la industria, para consolidar su economía, pero cada día son objeto de las peores vejaciones.

La xenofobia y el racismo están enquistados en una sociedad que sigue privilegiando la supremacía blanca. Nuestra relación ha sido siempre de dependencia. Hace sólo cuatro años, el presidente Trump acusaba a los mexicanos de ser “asesinos, violadores, narcotraficantes”. Su discurso de odio hacía recordar a aquel enviado del presidente Monroe a México, Joel R. Poinsett, que dejó como legado una obra titulada, “Te odio México”.

México y Estados Unidos, como dijo el periodista Alan Riding, son vecinos distantes. Y no sólo por el episodio de la guerra de 1846-1847 o la invasión punitiva en 1914 a Veracruz, sino por muchos más agravios. En efecto, este gobierno como los anteriores, han buscado una buena relación bilateral, con respeto a nuestra soberanía. Somos vecinos y nada mejor que vivir en paz. Pero hay muchos temas que no deben quedar al aire: la migración mexicana, el tráfico de armas, el narcotráfico y otros. Cuando éstos tengan un tratamiento de buena vecindad, tal vez entonces sí podamos echar las campanas al vuelo. Los halagos y la quema de incienso; la cuestión sentimental o afectiva, no es lo que importa al pueblo de México.

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