García Márquez, amante del cine

Notimex

México., 2 de abril de 2015.- Mateo, uno de los nietos del Premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez (Gabo), quien murió el jueves santo del 2014, recuerda que su abuelo nunca perdió el sentido del humor, de contar historias y de soñar con escribir guiones para cine, fue su obsesión hasta el día de su muerte.

Mateo es uno de los hijos de Gonzalo García, el primogénito de Gabo, terminó periodismo y le gusta contar historias como a su abuelo, incluso, le gustaría dedicarse al cine, contó a Notimex, en su reciente visita a Cartagena.

El nieto de Gabo llegó a Cartagena para estar en el Festival Internacional de Cine y en los festejos de los 20 años de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI); dos eventos que le rindieron tributo al escritor más universal que tiene Colombia en sus 205 años de vida republicana.

Gabriel García Márquez (1927-2014), antes de morir en la Ciudad de México, le preguntó a Mateo: ¿Tú qué haces? Y el nieto respondió: estoy escribiendo guiones.

Entonces su abuelo le confesó “a mí me encanta el cine y ahorita lo que me gustaría es estar haciendo son guiones”, recuerda Mateo, mientras mira el jardín del Centro de la Cooperación Española, en el Centro histórico de Cartagena, la ciudad amurallada, que es un referente en la vida y obra del autor de Cien años de soledad.

“Esa fue una de las últimas cosas que me dijo mi abuelo. Él quería escribir guiones”, subrayó Mateo, entre sonrisas y evitando protagonismos en una ciudad como Cartagena, donde la “Gabomanía” está presente en sus angostas calles, esquinas y balcones coloniales.

El primer encuentro de Gabo con el cine se dio en 1954 con La langosta azul. Este corto silente fue su primer acercamiento al mundo del cine con el Grupo de Barranquilla, fue codirector y coescritor al igual que el también escritor Álvaro Cepeda Samudio (1926-1972), acompañados del español Luis Vicens (1904-1983) .

El ganador del Nobel de Literatura 1982, García Márquez, siempre dijo que el cine y él eran un matrimonio mal avenido, “porque él no podía vivir sin el cine, ni con él” y murió pensando y soñando historias para el séptimo arte.

Mateo recuerda a su entrañable abuelo, “trabajando mucho en las mañanas, sonriente divertido, declamador de poemas, cariñoso. Tenía un poema que declamaba todo el tiempo que decía: ´Ahora que los ladros perran / ahora que los cantos gallan´”, comentó el nieto de Gabo al tiempo que aludió al poema del vate José Manuel Marroquín (1827-1908).

Mateo cree que el gusto por contar historias en los descendientes de Gabo, es genético, pues es un común denominador en la familia, que va desde los hermanos, hijos y nietos, y quizá las otras generaciones que están por venir.

García Márquez siempre hacía el ejercicio de contar historias fantásticas a sus nietos y quería ver sus reacciones, pues la grandeza de Gabo estuvo en la capacidad de crear otros mundos, como “Macondo”.

Pero Gabo fue un abuelo que no contaba historias para dormir a los nietos, él les narraba anécdotas de vida, era un consejero de libros para inducir a los niños en la lectura, así las obras recomendadas no las leyeran en su momento, pero se quedaban en el tintero de la mente.

Las historias de fantasía, que le contaba Gabo a sus nietos, eran las que más le gustaban a Mateo: “Me gustan mucho los cuentos de fantasía y mucho más los de mi abuelo.

“Él me recomendaba muchos libros, que jamás a esa edad de niño, me los hubiera leído. Estando muy pequeño me recomendó la ´Casa de las bellas durmientes´, que es sobre un prostíbulo, no lo leí en ese momento, pero hace poco lo leí”, rememoró.

Mateo, cuando niño no lograba entender porque la gente quería tanto a Gabo y solo logró entenderlo cuando leyó los últimos párrafos de “Cien años de soledad”:

“Antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o de los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre.

“Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra (…) Ese fue el momento en que entendí porque la gente quiere tanto a Gabo. Ya lo entiendo”, concluyó.

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