Desempleo, ‘el pan de cada día’ entre albañiles

Albañiles en la Central de Abasto de Oaxaca /Foto: Archivo Jorge Luis Plata

Citlalli López

OAXACA, OAX. Sobre el corredor principal del estacionamiento de la Central de Abasto, el día inicia antes de que el sol salga. Decenas de albañiles esperan por trabajo mientras que las horas transcurren sincrónicas al cláxon de los taxis foráneos y al grito de “¡Súbale, hay lugares!”

La espera alarga la mañana del lunes, sobre todo para quienes llevan una semana sin trabajar; Jorge Álvarez es uno de ellos, a quien el oficio le acartonó la piel y el desempleo los bolsillos.

El hombre se confunde entre los más de 200, que mochila al hombro se abalanzan hacia la batea de las camionetas en busca de salvar el ingreso del día.

Algunos se resignan. Se plantan en los camellones del estacionamiento como aquellos árboles que emanan sombra, observan de lejos. En los dos viajes que suman hasta ese momento, sólo se han ido cinco o diez personas.

En menos de tres minutos, la camioneta continúa su marcha llevando a seis personas más. Los demás regresan a su lugar mientras que el bullicio en torno al mercado sigue creciendo entre la llegada de los comerciantes, la música de banda de los puestos de piratería, el llanto de un niño que pide a gritos un juguete y la canción cristiana de un puesto donde reparten de manera gratuita café y panes a los albañiles.

“El desempleo no es nuevo, no es grave, no es algo que nos vaya a matar de hambre, así vivimos”, afirma una voz discordante con la percepción de crisis que expresa la mayoría de los trabajadores.

El albañil asegura que el desempleo se mantiene como una constante y emite una sensación de incremento por el crecimiento poblacional.

“Estamos mal, no hay trabajo, el poquito que logramos tener no es suficiente porque cada día todo sube de precio. Como albañiles ganamos mil 800, dos mil pesos y ya no nos quieren subir más. Eso cuando tenemos trabajo y si no hay, tenemos que buscarle”, expresa Jorge.

El hombre llegó a la Central de Abasto a las 06:30 de la mañana. Lleva cuatro horas buscando ser empleado. Es padre de familia. De su sueldo dependen tres personas más. Si llegada la una de la tarde nadie lo ha contratado, “me iré a mi casa, a pasar otro día desempleado”, asegura.

Sobre la banqueta, se forma una hilera de rostros cubiertos bajo la sombra de la gorra. Su mirada es de incertidumbre. Al menos un 30 por ciento de ellos son personas que rebasan los 50 años, los más jóvenes quizá no sean mayores de 25.

A esa hora el reloj cruza el mediodía. Algunos comienzan a marcharse con las manos vacías. Antes se iban con la esperanza de que el siguiente día será mejor, pero actualmente no hay certeza de ello.

 

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