Florina recupera libertad pero enfrenta nueva condena

Florina en los juzgados familiares

Citlalli López

OAXACA, Oax. Después de recuperar su libertad, Florina, una mujer de 66 años de edad que vivió los últimos 15 de su vida en la cárcel, enfrenta la otra condena.

Sobre su acongojado cuerpo lleva el peso de los años, la desintegración familiar, la muerte de su esposo y un hijo, la pérdida de sus terrenos de cultivo y el pago económico de la reparación del daño por el delito por el que fue acusada.

“Se siente muy triste. No sé, no es igual como cuando uno es libre y cruzas las calles. Se siente pesado. Es como volver a empezar de ceros”, expresa en voz queda, casi en un susurro que se pierde entre una multitud del juzgado familiar, en donde ella y otro centenar de personas recibirán el anuncio de preliberación.

Florina hace mucho que perdió la juventud. Sus cabellos están completamente encanecidos, las manos y el rostro surcados por arrugas que le advierten la dificultad para poder reinsertarse a la vida laboral.

Los años avanzaron sin tregua a su encierro en la cárcel. Antes de que eso pasara, Florina se dedicaba a la siembra de maíz y frijol para autoconsumo. Era campesina.

Hace 15 años fue encarcelada acusada por el delito de homicidio cometido en contra de su cuñado. Tras su detención, no pudo declararse inocente porque no entendía lo que los peritos y jueces le preguntaban. Sólo reconocía su lengua madre. Al paso de los años en la cárcel, la mujer se vio obligada a aprender el español y fue entonces cuando pudo expresar su inocencia pero ya estaba sentenciada a 34 años de prisión.

“Yo estuve injustamente en la cárcel. No maté a nadie. Cómo pude haber matado a una persona que vivía a más de siete horas de distancia. No podía estar en dos lugares al mismo tiempo, en mi casa y en donde dicen que lo mataron”, expresa.

Entre los edificios que circundan los juzgados, el sol cae a raudales. Es la primera vez desde hace 15 años que Florina palpa la libertad. Intenta hilvanar los guiñapos de recuerdos con las calles que hace años no pisa.

“Tengo que trabajar para mantenerme, la cárcel me quito todo, todo, empezar desde ceros, como cuando se casa uno y de nuevo levanta, así estoy ahorita. Tengo 66 años”.

Felipa, la menor de sus hijas la toma del brazo, avanza a su lado con la alegría de quien recupera lo perdido. “Ahora lloro pero de felicidad. Ella me hizo mucha falta, yo no sabía estar sola, tenía 15 años. Yo quise estudiar, ser alguien pero ya no estaban conmigo y no supe sobrellevar la vida sola. Lo que siento es que mi mamá estuvo en la cárcel no por ser culpable sino por no tener dinero. Bien dicen que no condena la culpa sino la pobreza”, afirma.

Ahora las dos mujeres caminan juntas, buscarán recuperar el tiempo arrebatado por los pesados barrotes de Tanivet. Lo primero que hará – indica Florina- será comer algo rico, después el tiempo dirá.

Mariana, abogada de Visión Indígena, asociación civil que trabaja en la defensa de mujeres indígenas recluidas en el penal de Tanivet, Tlacolula de Matamoros, señala que con la obtención de la preliberación no concluye la pesadilla de la cárcel.

Quienes la obtienen llevan sobre sí la responsabilidad de pagar con dinero lo que resta de la reparación del daño.

La carga se vuelve más pesada cuando se considera el estigma social que pesa sobre las personas que vivieron por algún tiempo en la cárcel.

“No es fácil volver a empezar, no es fácil para ellas encontrar trabajo y se enfrentan a la edad. La obtención de un empleo se complica y ello lleva a otra problemática”, indica.

 

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