EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna

La reciente temporada del “Día de Muertos”, dejó en claro que la capital oaxaqueña tiene un gran imán para el turismo nacional y extranjero. Pese a las restricciones sanitarias por la pandemia, se observaron visitantes por las calles. Hasta el embajador de los Estados Unidos en México, Cristopher Landau estuvo aquí varios días. Conoció la riqueza histórica, cultural, artística, gastronómica y todo lo que Oaxaca –como estado- tiene y puede aportar al mundo.

No es fortuito que haya sido calificada por diversas publicaciones de viajes y comidas, como una de las más bellas del mundo. Con todos sus problemas, retos y desafíos, tenemos el privilegio de vivir en ella. Sus populosos mercados; sus edificios y templos, que muestran la grandeza de la arquitectura novohispana y, sobre todo, ese tufo a historia, que invade cada uno de los rincones citadinos y barrios, lo mismo los Arquitos de Xochimilco, que los empedrados de Jalatlaco.

Es posible que preocupados por nuestra cotidianeidad poco reparemos en toda esta riqueza. Lo mismo ocurre con aquellos que viven en ciudades medievales de países europeos. Con una salvedad, hay quienes sí toman conciencia del valor que tiene cuidar y proteger aquello que nos han legado nuestros ancestros. Dar la mejor imagen. Recibir a los visitantes, sean del país o el extranjero, o despedirlos, mostrando la mejor cara que puede darles una capital tan única e histórica como la nuestra.

Pero nada tan detestable, que los propios oaxaqueños o el turismo que arriba a Oaxaca, se tope con una bienvenida a todas luces aberrante: el cierre del crucero del aeropuerto o inicie su suplicio, con calles y cruceros cerrados; con casetas tomadas y carreteras intransitables. Insisto: nuestro estado jamás podrá salir del marasmo de la pobreza y la marginación, mientras persista la cultura del chantaje, como una forma sui generis de presionar al gobierno, tomando como rehén al pueblo inerme.

La pandemia ha sido festín de grupos y organizaciones; de falsos redentores sociales y hasta presidentes municipales, como la de Tehuantepec, cachando conflictos y generando caos, en abierto desafío a la paz social. La semana pasada fueron los productores de sorgo en el Istmo y los normalistas en la capital. Ambos manipulados y cilindreados por personas sin escrúpulos. ¿Inversiones? ¿Pero cuáles? ¿Alguien medianamente cuerdo arriesgará sus capitales, en donde prevalece la impunidad de estos grupos y sus titiriteros? No quitaré el dedo de la llaga, al afirmar que sólo el espíritu de la ley logrará que Oaxaca sea, en verdad, un territorio de paz y desarrollo. Lo demás es fantasía.

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