EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

La emergencia sanitaria ha traído consigo una carga negativa para otros rubros, no sólo el de la salud, sino la economía, por ejemplo. El hecho de disponer medidas de confinamiento pone a temblar al comercio formal. Algunos dirigentes empresariales han puesto sobre la mesa, el cierre de establecimientos y la suspensión de operaciones de cientos más. Tienen razón. Ya no pueden con rentas, salarios, impuestos, además de cierres.

En el sector salud, hay hospitales que anunciaron desde el mes de diciembre, estar hasta el tope. Sin embargo, los pacientes de Covid-19 han imposibilitado la atención de aquellos que tienen problemas o enfermedades crónicos degenerativas. Y hablo de un tema particular. Por ejemplo, el 24 de diciembre, una paciente con infarto agudo al miocardio ingresó en el Hospital General de Zona Número 1 del Instituto Mexicano del Seguro Social. Dos días estuvo en el área de urgencias. Después la subieron a piso. La operación, angioplastia coronaria sólo se la podían hacer en dicha institución, pero en Puebla.

A seis días de solicitudes y burocratismo, sin respuesta alguna, sus familiares decidieron retirarla de manera voluntaria –que también es un trámite engorroso, que puede tardar hasta cuatro días- para llevarla a un hospital privado. Es decir, dicha institución ha soslayado la atención a sus pacientes tradicionales. Atender a los enfermos de Covid-19, deja a su suerte a quienes recibían atención para otros males, llámese diabetes, problemas de riñón o corazón.

Se entiende que la emergencia ha trastocado la normalidad. Lo grave es que los decesos de enfermos por determinados males, pasan sin saber, a formar parte de las estadísticas mortales del referido mal, cuando las causas son otras. Y se dan trampas, como aquella ocurrida en el Estado de México, en donde el director de un importante hospital vacunó a su familia y no a médicos y enfermeras que están con la vida en vilo, atendiendo pacientes con este gravísimo mal.

En Oaxaca han fallecido decenas de médicos y enfermeras que estuvieron en su momento en la primera línea, sin embargo, sucumbieron al mal, que no respeta edades ni sexo o posición social. Los que están en activo esperan ser vacunados, como ha ofrecido el gobierno federal. En tanto, los gritos desesperados se siguen dando en el sector empresarial, en donde no se atisba en el horizonte un antídoto para el golpe brutal a la economía y a los sectores productivos.

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