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WASHINGTON. En mayo del año 2000, un correo electrónico con el asunto «I Love You» y un documento adjunto «Love Letter for You» empezó a propagarse como la pólvora por los sistemas de correo electrónico de todo el mundo. Cuando un usuario hacía doble ‘clic’ en el archivo para abrirlo, daba rienda suelta al virus que se instalaba en el ordenador del usuario y se reenviaba a sí mismo (con la dirección de la víctima) a todas las direcciones de correo electrónico de su agenda. Fue el primer gran virus que logró propagarse a nivel mundial y que hizo que tanto particulares como empresas empezaran a ser conscientes de que había que tener cuidado.

Casi dos décadas después, el correo electrónico sigue siendo uno de los principales agujeros de seguridad. Según un reciente informe de la multinacional de la informática Cisco, el 85% de todos los mensajes que circulan son ‘spam’. Es decir, basura. Y si añadimos los mensajes que tienen ‘phishing’ (correos maliciosos que simulan provenir de una empresa de confianza, como el banco, para robar credenciales de acceso) y otro tipo de ‘malware’, apenas cinco o seis de cada 100 correos serían realmente legítimos.

Pero, ¿qué provoca todo esto? Según los últimos datos disponibles, los ataques que comprometen direcciones y cuentas de correo electrónico de empresas supusieron en 2018 unas pérdidas de 1.300 millones de dólares.

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