EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

En Oaxaca, como en algunas entidades del país, ya forman parte de la cultura popular, los juicios sumarios a presuntos asesinos y ladrones que terminan en linchamientos. Hace al menos tres décadas ocurrió en Tehuantepec, con sujetos señalados de haber asesinado a un médico en San Blas Atempa. Pronto fueron detenidos y recluidos en la cárcel municipal. Una turba los sacó a rastras, los amarró e incineró vivos. Fue nota nacional el salvajismo de la justicia por propia mano. Fotos de cuerpos humeantes aparecieron en los diarios de la capital del país y el estado.

Se han dado muchos casos más. En noviembre de 2017, habitantes de San Mateo Macuilxóchitl, Tlacolula, capturaron e incineraron a tres ladrones en el basurero municipal. Antes, en septiembre de 2016, un sujeto que pretendía robar una casa en Santiago Matatlán, fue detenido, golpeado hasta la muerte y, posteriormente incinerado. Las autoridades ministeriales levantaron un cuerpo calcinado sin identificar. Ya es común ver a delincuentes que se dedican a asaltar a transeúntes o negocios en la capital, amarrados en postes de luz, humillados y desnudos.

Durante el movimiento político y social del 2006, las bandas de raterillos quisieron aprovechar la falta de vigilancia policial para hacer de las suyas. Vecinos de diversas colonias y del Centro Histórico colocaron mantas con advertencias. Varios ladrones fueron detenidos en flagrancia. Algunos fueron liberados a tiempo. La semana pasada, 21 presuntos delincuentes, sobre todo adictos, fueron detenidos y mantenidos en la comandancia de la Agencia Estatal de Investigaciones en Tehuantepec. Hasta ahí llegó una turba a tratar de liberarlos para lincharlos. Por fortuna, la Fiscalía General del Estado, actuó de inmediato y con prudencia.

Pero, ¿cuál es el trasfondo de esta conducta criminal que subyace en ciertos sectores de la sociedad y que no pocas veces deriva en homicidios de inocentes? Creo que son varios factores. Es la poca confianza que existe en las instituciones de seguridad y justicia. En principio, el soslayo de la lacerante inseguridad que se vive. Ejecuciones, homicidios dolosos, feminicidios, sólo forman parte de estadísticas. Por otra parte, el sistema llamado acusatorio adversarial, se ha convertido en una puerta giratoria.

La falta de una cultura de la denuncia va en función de un sistema de justicia blando. De no estar bien integrada la carpeta de investigación; de no seguirse el debido proceso, un delincuente confeso o aun detenido en flagrancia, puede ser liberado por el juez. Y ahí están las consecuencias derivadas en la justicia por propia mano, que devela el salvajismo y el desfogue de conductas criminales, aún del ciudadano más pacífico y hasta religioso.

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