EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

El pasado domingo, nuestra capital, Oaxaca de Juárez, cumplió 489 años de haber sido elevada a la categoría de ciudad. Según nuestros cronistas o historiadores, unos que han hurgado en archivos y memoranda, es decir, han hecho historiografía y otros, los costumbristas, que nos cuentan sólo la parte anecdótica, coinciden en que hubo una Cédula Real, emitida en Medina del Campo, España, el 25 de abril de 1532, firmada por el Rey Carlos V, por la cual nuestra capital, que fue denominada la muy noble y leal ciudad de Antequera, fue elevada a la categoría de ciudad.

En años anteriores, cuando la normalidad lo permitió, los festejos de aniversario eran un derroche de fervor histórico. Las Mañanitas para empezar. Bandas de música y chirimías. Tamaladas. Conferencias, entrega de reconocimientos, medallas o diplomas a oaxaqueños distinguidos, vivos o post mortem y un sinfín de eventos. Este año y el anterior han sido de austeridad y discreción total. Ya saben, por la pandemia. Sin embargo, hay cuestiones en las que vale la pena reflexionar, sobre nuestra histórica capital.

La ciudad luce las huellas visibles del deterioro, del vandalismo y el abandono. Vale la pena preguntarse el por qué se ha permitido que el Centro Histórico se encuentre hoy mismo convertido en un gigantesco tianguis. Los gobiernos locales de Ciudades Patrimonio como la nuestra, han buscado la protección de las mismas, no sólo del tiempo y el medio ambiente, sino de los depredadores urbanos. Causa extrañeza que aquí nadie mueva un dedo para restituirle a la capital su esplendor de ciudad colonial, única en su género.

Muchos se llenan la boca al mencionar que Oaxaca es una de las ciudades más socorridas del mundo para atraer turismo; que como ella no hay dos. Que ha sido calificada por revistas y medios especializados como uno de los destinos culturales más bellos de México. Pero poco se menciona la falta de políticas públicas para frenar la anarquía del comercio en la vía pública, el transporte, el imparable crecimiento urbano, la afectación a edificios coloniales, la doble fila o la inseguridad. Es triste ver nuestro zócalo convertido en zahúrda, en estercolero. Ahí sólo crece la fauna nociva.

¿Dónde quedaron los paseos nocturnos al ritmo de las marimbas del Estado? ¿Degustar un café en la quietud de los laureles y de los portales de Flores o Clavería? Eso es parte de la historia. ¿Cómo permitimos que poco a poco grupos y organizaciones que viven de la dádiva gubernamental se fueran apropiando de dicho espacio que, al menos durante el Siglo XX, fue el lugar de esparcimiento de las familias oaxaqueñas? Lo triste de todo ello es que, el síndrome que nos dejó el 2006 y el de Nochixtlán en 2016, ha creado en las autoridades un miedo cerval para actuar.

Hemos perdido parte de la esencia de nuestra capital y la recuperación, sólo podrá venir de la sociedad civil organizada. Nada habrá que esperar de los gobiernos ni del miedo que tienen para aplicar la ley.

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