EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Oaxaca es, como ninguna entidad del país, rehén permanente de la protesta social. ¿Es, como decía un ex gobernador, reflejo de un estado vivo? No. Es sólo el gran negocio de vivales y dirigentes que han encontrado en los bloqueos carreteros, marchas y protestas, su modus vivendi. La cultura del chantaje es, hoy en día, el negocio más rentable. Sólo hay que ver cómo viven aquellos que se dicen defensores y redentores de las causas del pueblo, para darse cuenta que se trata –en su mayoría- de verdaderos farsantes.

La semana anterior hablamos sobre el acoso de pseudo normalistas y la crispación social generada. Pero también está el caso de indigenas triquis, manipulados perversamente por dirigentes del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente (MULTI), que se han convertido en ejes de chantaje renovado, porque siempre lo han sido. Y acosan a la ciudadanía de la capital y los Valles Centrales, por supuestos problemas que tienen en la comunidad de Tierra Blanca, Copala, de donde se dicen desplazados.

Según la Organización de las Naciones Unidas, se llama desplazadas a las “personas o grupos de personas que han sido forzadas u obligadas a abandonar sus hogares o lugares de residencia habitual, en particular como resultado de o para evitar los efectos del conflicto armado, situaciones de violencia generalizada, violaciones de derechos humanos o desastres naturales o causados por el hombre”. Que no es el caso de la zona triqui, en donde libran desde hace tiempo, un conflicto interétnico único en su género. Es decir, las tres organizaciones que permean ahí: MULT, MULTI y UBISORT, se matan entre sí.

Es un problema de intereses, ambiciones personales y afán de predominio de sus dirigentes, lo que ha desatado esta lucha. El grupo más beligerante es el MULTI, cuyos cabecillas pretenden asumirse desplazados y con ello, lograr medidas cautelares, igualito que aquellos que desde 2010 se apropiaron de los pasillos del Palacio de Gobierno, de una manera ilegal y rapaz. Este grupo étnico –sin que ello suene a postura discriminatoria- se ha pasado la vida alargando la mano y victimizándose.

Y para ello han realizado toda una escalada de bloqueos y protestas, tratando de encubrir una realidad inexistente. Lejos de encontrar interlocución con las autoridades federales y estatales –que ya descubrieron el trasfondo de su movilización- siguen con la misma cantaleta de que quieren seguridad, obras sociales y libertad de presos políticos. Poco dicen que ellos mismos son promotores y actores de la violencia. El objetivo es, seguir perviviendo de la dadiva gubernamental.

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