EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

El pasado 3 de mayo, la Ciudad de México padeció una de las peores tragedias de los últimos años: la muerte de 26 pasajeros y las lesiones de poco más de 70, al desplomarse una estructura, que provocó la caída de al menos dos vagones del Metro, en la estación Olivos, en la línea 12, conocida como Línea Dorada. El accidente no fue un asunto menor. Desde su inauguración en 2012, durante el gobierno de Marcelo Ebrard, hoy Secretario de Relaciones Exteriores, dicha línea se vio sumergida en una serie de dudas y cuestionamientos técnicos.

Muchas voces se han elevado para exigir castigo a los responsables. No sólo de quienes licitaron la construcción, sino de aquellos que en el actual gobierno de la capital de la República, han hecho caso omiso de los constantes llamados a verificar y supervisar la citada línea que, desde su arranque –insistimos- mostró una serie de irregularidades. En aquellos tiempos cuando estaban en el poder los llamados gobiernos neoliberales o conservadores, con un evento de tal magnitud, ya hubieran rodado cabezas. Ahora no. La complicidad y la connivencia son aberrantes.

Pero resulta que ahora, los culpables no fueron los gobiernos corruptos del pasado. No. Fueron los medios de comunicación, “obcecados”, como dice el presidente de México, en cuestionar a su gobierno. “La prensa más injusta, la más distante, la más lejana del pueblo, la más cercana a los grupos de poder conservador”. De esos señalamientos no se escapan los medios extranjeros: The Washington PostLos Ángeles TimesThe Wall Street Journal y Financial Times, que publicaron en sus portadas, notas y fotos del fatal accidente. Y señala al gobierno norteamericano de otorgar financiamiento a sus adversarios. Esto es, sólo palos de ciego.

Un aide memoire, como se dice en lenguaje diplomático, podría refrescarle la memoria a muchos. Durante los últimos 24 años ha sido la izquierda la que ha gobernado la ciudad de México. Salvo Miguel Ángel Mancera, el resto está identificado con el presidente López Obrador. Y pese a su máscara de honestidad y pulcritud, no han salido ilesos de las prácticas corruptas, de licitaciones amañadas y negocios turbios. Pero hoy se lavan las manos. Nada tan aberrante como politizar una tragedia y actuar como buitres. Lo grave es que en ese nudo de complicidades y cerrazón para admitir una realidad lacerante, se busquen culpables donde no los hay.

Mientras gobiernos extranjeros reiteraron sus condolencias y la Embajada de Francia izó su bandera a media asta en señal de duelo y solidaridad, quien dirige los destinos del país mostró una indolencia inusual. Mandó al carajo a las familias que perdieron a un ser querido y a los hospitalizados. En lugar de ello se dedicó a descalificar, injuriar y agredir verbalmente a aquellos que, para él, son los culpables del accidente. Es decir: la victimización como forma de gobierno.

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