EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Esta semana concluyen las campañas políticas. Se cierra un ciclo del proceso electoral y se abre uno nuevo: la jornada en casillas y urnas del próximo 6 de junio. Se habla de la madre de todas las batallas electorales, en donde la confusión, la simulación y la violencia politica han afectado por igual a partidos, coaliciones y candidatos. Jamás vimos en el pasado tanta intolerancia y amenazas; crímenes y atentados como en estos tiempos.

Son doce partidos los que participan en la contienda en Oaxaca, para elegir 10 diputados federales, 25 locales y 153 presidentes municipales que se rigen por el sistema de partidos políticos. Todo ello, en un escenario inédito de diputados que pretenden la reelección, lo que representa un verdadero agravio a la historia nacional, de donde aprendimos que, en México, un país de instituciones, prevalece la máxima de “sufragio efectivo, no reelección”.

La democracia mexicana es demasiado onerosa. Y cada vez más. Muchos coinciden en que mantener a los partidos políticos es contra natura con las políticas de austeridad. Es una casta divina que debe regirse por el principio de sobrevivir de donaciones o apoyo de sus militantes, no de nuestros impuestos. El dispendio, los gastos excesivos, el mantenimiento de una burocracia partidista deben ser motivo de una reforma política, que impida, además, la aparición de nuevos institutos políticos, paleros o simples membretes, como es el caso que vivimos hoy.

Este proceso electoral se ha visto permeado por la simulación en la composición de las fórmulas, en la inclusión y equidad de género, de indígenas, discapacitados, jóvenes, adultos mayores y de la comunidad lésbico-gay. La vulgar venta de candidaturas, el nepotismo y la corrupción. La complicidad de dirigencias en pretender imponer como candidatos a personas señaladas de violencia política de género. Esposas, hijos, nueras, como si los partidos fueran una franquicia familiar.

Por lo pronto, tenemos la certeza de que en breve habrá de desaparecer esa parafernalia de espectaculares, pintas en bardas, anuncios en televisión, publicidad en camiones urbanos y taxis, así como toda esa contaminación visual que traen consigo las campañas electorales y que afean el paisaje. Todo ello se habrá de estampar con la fría realidad de las urnas; de los funcionarios y representantes de casillas; con boletas contabilizadas y actas. La indiscutible decisión de las mayorías, así sean las peores opciones, pero cuyos resultados –regla de la democracia- debemos acatar.

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