EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Y Oaxaca volvió a ser nota nacional. La retención de elementos de la Guardia Nacional, Policía Estatal, de la Agencia Estatal de Investigaciones y personal de la Fiscalía General del Estado, por parte de autoridades y vecinos de Santiago Textitlán, en la Sierra Sur, atrajo la atención de medios locales y nacionales. Tuvo que acudir a negociar la liberación, el gobernador Alejandro Murat, el Secretario General de Gobierno y el titular de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, entre otros.

Llamó la atención la cerrazón de esta comunidad, ubicada en una zona violenta del distrito de Sola de Vega. Puede decirse que doblegó a las autoridades. En nuestra entidad, no es un secreto, existen cientos de conflictos entre comunidades vecinas. No sólo líos agrarios o de límites, sino entre municipios y agencias. El gobierno municipal se agandalla el presupuesto y no lo distribuye como lo mandata la ley. Es el caso de Textitlán y su agencia, Santiago Xochiltepec. Esta situación ha desatado acciones de violencia, dignas de grupos criminales.

Hay tres factores que inciden en que problemas como éste se salgan de control y se conviertan en una mancha para la paz social y la gobernabilidad:

1) No sólo en Oaxaca sino en el país, se ha perdido todo respeto por la autoridad, las Fuerzas Armadas o policíacas. Con el argumento del respeto a los derechos humanos y del uso mesurado de la fuerza, cualquier hijo de vecino agrede a militares o policías, los desarma, los humilla. Los usa como instrumento de presión y chantaje. Las fuerzas del orden, pues, son muchas veces sólo un aparato.

2) La política de diálogo y más diálogo no es siempre la más eficaz. Hay un soslayo permanente de lo que implica el Estado de Derecho, que conlleva la aplicación de la ley. Los crímenes, secuestros o venganzas, tan proclives en nuestras comunidades para ajustar cuentas en viejos conflictos, no se castigan, sino que se diluyen en los famosos acuerdos de paz o en las mesas de diálogo. Ambos sólo son paliativos efímeros, pues los agravios quedan.

3).- La injerencia nociva de grupos, organizaciones sociales y partidos políticos que, históricamente, han tratado de sacar ventaja de estos conflictos. En muchos de los eventos trágicos sale a flote la mano que mece la cuna, que resultan ser dirigentes de aquellos grupos que manipulan a autoridades y vecinos. Ejemplos sobran. Ahí están los casos de los triquis, de San Mateo del Mar, de Loxicha.

En tanto no haya una política que por un lado pondere el diálogo y, por la otra castigue a quien transgreda la ley, seguiremos siendo testigos de casos tan penosos y abominables como el de Textitlán.

No hay comentarios

Dejar respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.