EL COMENTARIO DE HOY

Columna/ Juan Pérez Audelo 

El pasado siete de septiembre se cumplieron cuatro años del sismo de 8.2 grados que devastó la región del Istmo de Tehuantepec, pero cuyos efectos brutales se volcaron sobre Juchitán de Zaragoza. El año 2017 fue especialmente severo para Oaxaca: primero fue la sequía, después vinieron al menos dos huracanes, posteriormente una cadena de temblores, que mostraron nuestra vulnerabilidad ante este tipo de siniestros, que nos han fustigado durante siglos.

Si bien en algunos fue coincidencia y en otros, fatalidad, cuando se cumplía el citado cuarto aniversario, la semana pasada, otro sismo, éste de 7.1 grados, con epicentro a once kilómetros del Puerto de Acapulco, vino a desatar de nuevo la psicosis ante este tipo de fenómenos. Por fortuna, no hubo desgracias qué lamentar. No hay que olvidar que, en 2017, justo cuando en la Ciudad de México se recordaban los 32 años del sismo del 19 de septiembre de 1985, que dejó una estela de desolación y muerte, en Oaxaca volvió a temblar, con similar magnitud.

Cada siniestro que se presenta trae consigo una cauda de vaticinios y pronósticos. La pregunta es si estamos preparados para hacer frente a los embates de la naturaleza como son las tormentas, sismos, incendios, tornados, etc. La respuesta es no. Todos los caminos llevan a los efectos del cambio climático, excepto tal vez el de los sismos. Nuestros ancestros platicaban de dichos fenómenos. El temblor de 1928 o el del 14 de enero de 1931, que incluso fue documentado por el cineasta ruso, Sergei Eisenstein.

A lo que vamos es a lo siguiente. Las autoridades siguen minimizando la formación entre la ciudadanía, de una cultura para enfrentar los embates de la naturaleza, no obstante, la premisa de que sólo la prevención es factor para salvar la vida. Es el caso de los famosos simulacros. En tanto no se difundan sus bondades y lo que significan, serán como las llamadas a misa: irán unos, otros no. Sólo se nota una gran participación en las oficinas públicas, en donde los empleados y funcionarios participan por razones obvias.

Hay un siniestro y de inmediato se revisan los protocolos, las rutas de evacuación y las salidas de emergencia. Se hacen supervisiones, recorridos, etc. Pero pasa la psicosis y de nueva cuenta, en mercados, bares, antros, siguen las mismas carencias y falta de aplicación de las medidas que imponen los gobiernos a través de las unidades o comités de protección civil. Ahí tenemos en el Centro Histórico, decenas de casonas de adobe, viejas y en total abandono, que sólo se acordonan cuando los responsables se acuerdan que son un peligro.

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