EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Durante tres años, los mexicanos nos hemos habituado ya a recibir una dosis diaria de discursos y mensajes, desde el podio presidencial, destinados a la descalificación, la injuria y el denuesto. Nadie se ha librado de los dardos venenosos que distan mucho de ser una política de Estado. Son, más bien, el reflejo ominoso de una visión torcida respecto a todos aquellos que se perciben como enemigos reales o potenciales de un régimen que, hasta la fecha, ha dejado más dudas que certeza.

En la conciencia colectiva de los mexicanos, fervientes seguidores o adversarios del llamado gobierno de la Cuarta Transformación, repican en la mente términos que se han repetido miles de veces. Conservadores, neoliberales, miembros de la derecha, enemigos, golpistas, corruptos, miembros de la mafia del poder. O bien, se pone en tela de juicio a los órganos autónomos, el INE, el INAI o a la clase media aspiracionista, a los egresados de universidades extranjeras, a los empresarios o miembros de organismos civiles, con apelativos burdos y vulgares.

O bien se arremete contra España, exigiendo disculpas por los excesos de sus soldados en la Conquista o poniendo en tela de juicio la política migratoria de los Estados Unidos o a la Organización Mundial de la Salud. Los medios de comunicación son el platillo favorito. Intelectuales y periodistas son la botana y la sopa; el platillo fuerte y la sobremesa. Y a los que no están de acuerdo con la reforma eléctrica se les pretende satanizar con el balido de las ovejas. Lo que no se ve es la corrupción en casa. Ésos son infundios. Y se cubren con el sacrosanto manto de la ceguera o la impunidad.

Una treintena de investigadores y científicos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología –CONACYT- son perseguidos cual delincuentes. No se combate la inseguridad; se arremete contra la ciencia y el espíritu crítico; no contra los criminales que han salpicado de sangre el país, sino estigmatizando la inteligencia y la crítica. Por ello se ha pretendido cuestionar a una de las instituciones más respetables de este país y de Latinoamérica, forjadora de tres Premios Nobel y miles de mentes brillantes: la Universidad Nacional Autónoma de México –la UNAM-.

Es decir, todos aquellos que no comulgan, no por una posición ideológica sino por su misión de pluralidad, diversidad de ideas o compromiso con el pensamiento crítico, son enemigos. Esto es, la democracia al revés. Lo único que en lo personal me reconforta es que la UNAM, mi Alma Mater, habrá de prevalecer ante los embates de la autocracia y la estulticia. Los imperios de Roma y Bizancio cayeron por los excesos de sus gobernantes. Nada es para siempre.

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