Juan Pérez Audelo/ Columna 

Cuando aún faltan al menos dos meses para la definición de los candidatos a la gubernatura, por parte de los partidos políticos contendientes, han empezado a aflorar de manera evidente, los visos de descalificación y guerra sucia. Nada extraño en nuestro ambiente oaxaqueño, en donde los procesos electorales se viven con una intensidad inédita a la de otras entidades del país. Las patadas debajo de la mesa, los gritos y sombrerazos, son parte de este teatro sexenal.

Hace poco más de de dos semanas, la senadora del Movimiento de Regeneración Nacional, Susana Harp, acusó ser receptora de hechos que calificó como violencia política. La madurez y la civilidad siguen siendo especies raras en la contienda interna de dicho partido, en la que se siguen moviendo al menos siete aspirantes. Salvo uno o dos mesurados de aquellos que han levantado la mano para reconocer su legítima aspiración, el resto está ya desatado cual si fuera la campaña política formal.

Y lucen en espectaculares o promoviéndose en redes sociales, incurriendo, seguramente, en lo que la ley electoral califica como actos anticipados. La política devenida una guerra de baja intensidad. Ya desde fines del Siglo 18 y principios del 19, el militar prusiano Karl von Clausewitz, advirtió que la guerra es la continuación de la política por otros medios, sentencia que tiene validez hasta nuestros días. Y la disputa habrá de arreciar, en tanto se acercan los tiempos de definición.

Las muestras evidentes de jaloneos se dan sólo en Morena, no en el resto de partidos. Con aquello de que han barrido a sus opositores en los dos pasados procesos electorales, hay un exceso de confianza en que Oaxaca se pintará de color marrón. Es decir, así pongan al peor, ganará por la marca del partido y por el ascendiente que tiene entre los votantes potenciales el presidente de México. El problema es que entre los oaxaqueños que comulgan y no con dicho partido, hay temor de que seamos motivo de un experimento político.

Entre los y las aspirantes hay de todo. Desde quienes tienen una reconocida trayectoria política, académica y laboral, hasta quienes no tiene ni una ni otras. Ojalá que dicho partido se incline por la civilidad y su mejor opción, más allá de encuestas engañosas o dedazos simulados. Una cosa es ganar elecciones, otra, muy distinta gobernar. Y jamás se podrá hacerlo soslayando una realidad tan compleja como la oaxaqueña ni de espaldas al pueblo. El noble pueblo oaxaqueño cuyo estoicismo es único. Lo mismo soporta sismos y tragedias, que malas administraciones, corrupción y saqueo.

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