EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo 

Estamos en el ocaso de 2021. Un año sin duda complejo, difícil y mortal. A más de 20 meses de que inició la contingencia sanitaria por Covid-19, más de 5 mil 600 oaxaqueños han perdido la vida. La mayoría, en la más completa y ominosa soledad. Lo grave es que esto no termina. Cada día aparecen nuevas cepas y el peligro en ciernes mantiene al mundo, a mexicanos y oaxaqueños, expectantes y en constante zozobra.

Es cierto, los contagios y decesos han disminuido, sin que la sobada nueva normalidad aparezca en el horizonte. Eso tiene sin cuidado a partidos políticos y aspirantes. Vivimos una locura sucesoria, de rumores y trascendidos; chismes y borregazos. En el Movimiento de Regeneración Nacional –MORENA- se vive un episodio de jalones y tirones. No así en otros partidos, quienes además, tienen enfrente un panorama electoral totalmente adverso.

El oaxaqueño común, a diferencia de lo que ocurre en otros estados, vive con una pasión desatada la política. Todos hablan de la sucesión y no son pocos que, cual expertos en el análisis político aventuran hipótesis. Es el tema de reuniones familiares, tertulias o del café. Y hay aquellos que, sin saber el resultado final, ya se balconean como funcionarios del nuevo régimen. Es decir, el futurismo en su expresión más burda.

Y cómo no, el gobierno estatal es el principal empleador de profesionistas. Lograr una plaza de confianza y más aún de base, es asegurar el futuro. El trabajador es inamovible y tiene una y cien prestaciones. Ayudas, incrementos al salario, becas, canasta navideña, etc. Justamente por ello hay una gran expectación respecto a quién será quien dirija los destinos de la entidad y qué políticas traerá su administración.

El 2022 pues, será un año político. Habrá elecciones y, como en los anteriores procesos, los oaxaqueños quedamos cada vez más fracturados y, a veces, hasta enconados. Siempre habremos de insistir en que una cosa es ganar elecciones y otra, muy diferente, gobernar. Bastantes lecciones hemos visto para darnos cuenta que nuestra entidad no debe ser más un laboratorio para experimentos ni, nosotros, conejillos de indias.

Una entidad tan compleja, diversa y problemática, requiere ser vista con serenidad por los partidos que habrán de contender. Las simpatías plasmadas en encuestas son sólo un indicador. No son la panacea que alivie todos nuestros males, algunos de ellos ancestrales. Son, en mi opinión, una forma sui géneris de medición que ignora experiencia y capacidad.

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