Juan Pérez Audelo/ Columna

Hay varios rubros que han tenido la desgracia de ir a la zaga de las prioridades en los tres órdenes de gobierno: Federación, estado y municipio. Uno es el abandono presupuestal a todo lo que tenga que ver con la defensa del medio ambiente. Aquí se incluye el rescate de ríos y afluentes; la protección y cuidado de los árboles, además de las políticas de sustentabilidad. Otro rubro es el que concierne a la cultura. Ambos se ven como cuestiones superficiales que poco o nada impactan en el poder político y la ciudadanía.

El abandono en que se ha tenido el entorno natural, ha mostrado su alcance brutal. El pasado jueves 7 de abril, un añejo árbol –se dice que histórico- se precipitó a tierra en el Paseo Juárez El Llano. Sólo daños materiales. No hubo desgracias personales qué lamentar. El año pasado, con las primeras tormentas, un gigantesco higo se vino abajo en la Calzada de la República. Y hace al menos un par de años, dos enormes laureles corrieron igual suerte en el Zócalo de la capital.

Al recuento de pérdidas de especies que algún día nos brindaron su frescura, sombra y verdor, hay que añadir centenas de palmeras que han tenido que ser derribadas, dejando en su lugar sólo troncos inertes y un vacío que hasta hoy en día, no ha sido llenado. Decenas de ellas aún están en pie, pero muertas por dentro. Y qué decir de muchas jacarandas que han corrido una suerte similar, ante la fuerza de las plagas que las afectan, sin que se levante una sola voz para exigir a las autoridades intervenir para evitarlo.

Según la titular de la Secretaría de Medio Ambiente Municipal, de 440 árboles que están catalogados, seguramente por los años que tienen o por su representatividad en la capital, 40 están con daños serios, que los hacen candidatos a ser derribados, ante el peligro inminente de venirse a tierra. Es el caso de algunos framboyanes que estuvieron frente a Santo Domingo, especies que se perdieron y han sido sustituidas por nuevos ejemplares.

Sin embargo, amén de la abulia de las autoridades, la falta de presupuesto para contratar especialistas y salvar lo que aún queda en pie de nuestra riqueza forestal citadina, se trata de una cruzada corresponsable, que debe involucrarnos a todos. No es ético sólo criticar, censurar o descalificar, como ocurre con algunos llamados ambientalistas, sino de proponer acciones viables para evitar que nuestra capital se siga deforestando. Un análisis de la situación de las especies que aún tenemos vivas, sería un buen principio.

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