EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Aunque hay investigaciones respecto a un origen más antiguo de la capital oaxaqueña, este 25 de abril, según la historia compartida en los últimos tiempos, la capital oaxaqueña cumplió 490 años de haber sido elevada a la categoría de ciudad. Fue en 1532, por Cédula Real del Rey Carlos I de España, cuando fue reconocida como Villa de Antequera. A lo largo de estos casi cinco siglos, ha tenido muchos reconocimientos. Uno de los más importantes, haber recibido la distinción de “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, en 1987, por la UNESCO.

La pregunta es: ¿y que hacen gobierno y sociedad para salvaguardar este legado histórico, que durante siglos ha sobrevivido no sólo a los embates de la naturaleza, sino a la abulia y la constante depredación ciudadana y de grupos? Realmente nada. Sólo hay que ver las viejas canteras de edificios y monumentos históricos grafiteados; parques y jardines en el abandono; un Centro Histórico rehén del comercio en la vía pública y viejas casonas a punto de venirse abajo.

A ello hay que agregar la visión de una ciudad secuestrada y bloqueada, por grupos y membretes que, escudados en una mal entendida libre expresión, la han hecho rehén de sus más bajas pasiones. Una capital con una inseguridad campante; con zonas en donde la muerte tiene permiso, como el Mercado de Abasto. Y una agenda desatendida de prioridades, como el transporte, el crecimiento anárquico, el tema de la basura y muchas otros más. Gobiernos van y gobiernos vienen y seguimos igual o peor.

Atrás quedaron aquellas imágenes de una ciudad señorial, de grandeza indiscutible. La misma que despertó la vena poética de oaxaqueños y extraños al terruño. Un ejemplo fue la pieza oratoria que fue leída el 21 de marzo de 1954, en el marco de los Juegos Florales, organizados por la Sociedad Estudiantil “Benito Juárez” del Instituto de Ciencias y Artes del Estado, cuyo texto nos compartió don Enrique Pacheco Álvarez. Luciano Kubli, mantenedor de dichos juegos, pronunció una pieza oratoria que envuelve en una refinada retórica, la grandeza de nuestra ciudad. Y dice:

“Oaxaca: taller de orfebres melodiosos/ y alfareros que cantan con el tacto/ sobre el vientre augural de las vasijas/ de pudorosos labios refrescantes, /solar de gruesos hombros que sostienen/ las techumbres de altas claridades, /donde el hombre refugia su destino/ y con la flor y el fruto lo comparte”. Y continúa: “De este modo, Oaxaca, yo podría/ ofrecerte sin temor ni vergüenza/ los lirios de Donají naciendo en la greda/… donde hace siglos el pueblo se ha bebido/ en la frescura germinal de las estrellas/ junto al sabor del agua serenada/ el reflejo triunfal de lo que vuela”.

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