Patricia Briseño

OAXACA, Oax. Benita, de tres años de edad, tomó la mano de su mami cuando huyó de la comunidad de Guerrero Grande, después de que un grupo armado identificado con la autoridad municipal de San Esteban Atatlahuaca, prendió fuego a su casa.

Ni la pequeña ni sus hermanos entendían lo que pasaba, sin embargo, se sentían protegidos por las palabras cariñosas que mamá les decía mientras subían por los escarpados caminos de la montaña mixteca.

Una centena de familias llegaron al refugio improvisado en el auditorio del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI), en la ciudad de Tlaxiaco. A lo largo de los días, Benita, hizo amistad con niños y niñas de Mier y Terán y Ndoyonoyuji, también desplazados, pues el mismo grupo armado de Atatlahuaca los dejaron sin vivienda ni huerta.

En la Navidad recibió un lobo de peluche, un regalo que la acompañó hasta el último día vida. Benita murió en marzo pasado a consecuencia de un severo cuadro de desnutrición, según los médicos que intentaron salvarle la vida.

La niña junto con otros 50 menores contaba con medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dirigidas al Estado mexicano, que urgían proteger sus derechos a la vida e integridad personal, pero éstas no se cumplieron o no les hicieron caso.

Infancias desplazadas, vivir con miedo

Bernardo Rodríguez Alamilla, defensor de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO) explicó que el desplazamiento forzado por conflictos políticos, sociales y del territorio, altera y transforma el desarrollo de las infancias, “ya que enfrentan experiencias relacionadas con hechos violentos y crímenes, así como el despojo de bienes y la pérdida de su entorno cotidiano”.

De esta manera, el ombusperson subrayó que las infancias y las adolescencias en situación de desplazamiento viven miedo, rechazo, hostilidad, por lo que enfrentan quebranto psicoemocional y sociocultural; enfrentan una agudización de la marginación y la pobreza, además que debido a su situación de desplazamiento los hace más propensos a ser víctimas de violaciones a sus derechos humanos.

Aunado a que por la misma situación en la que se encuentran, carecen de garantías para el ejercicio de sus derechos más elementales como: alimentación, salud, educación, vivienda, seguridad.

Entre enero de 2011 y hasta el 20 de abril de 2022, la Defensoría ha iniciado 105 expedientes relacionados a desplazamiento interno de personas en la entidad.

Del total de expedientes iniciados por la DDHPO, el ocho por ciento se iniciaron por desplazamientos debido a diferencias religiosas, mientras que otro ocho por ciento ha sido por motivos políticos o diferencias políticas con las autoridades, y un tres por ciento está relacionado con conflictos agrarios.

¿Quién repara daño emocional a infancias?

Las personas indígenas triquis llevan décadas viviendo desplazamiento forzado y demás conflictos que han generado asesinatos, violencia continua y, por supuesto afectaciones emocionales y mentales en los niños y las niñas, esto, ¿Quién lo repara?, preguntó Maurilio Santiago Reyes, abogado del Centro de Derechos Humanos y Asesoría a Pueblos Indígenas (Cedhapi).

Las infancias triquis han crecido en este ambiente hostil, resultado de la indolencia de los tres órdenes de gobierno, y las diferencias aparentemente irreconciliables entre las organizaciones asentadas en la zona, comentó el experto.

Ante la próxima reanudación de clases presenciales, el Movimiento de Unificación de Lucha Triqui (MULT) amagó al Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (IEEPO) de que “en caso de aceptar a un niño o niña, cuyos padres pertenezcan a su contraparte, el Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente (MULTI), originarios de la comunidad de Tierra Blanca, municipio de Santiago Juxtlahuaca, se dará un conflicto mayor, e incluso llegaría hasta la muerte”. A la fecha, son tres ciclos escolares que se mantiene esta amenaza, que priva a los menores del derecho a la educación.

Carencia de estadísticas y cifras oficiales

Juan Martín Pérez García, coordinador de Tejiendo Redes Infancia, subrayó que se carece de estadísticas y cifras oficiales sobre las personas internamente desplazadas tanto a nivel estatal como nacional, lo que hace complejo el estudio y evaluación del fenómeno, además, los pocos datos estadísticos que existen carecen de una diferenciación por edad, sexo, género, origen étnico, o lengua, “lo que podría facilitar el poder brindarles a las personas desplazadas una atención más adecuada”.

Las causas de un desplazamiento forzado pueden ser diversas: desastres naturales, conflictos agrarios, delincuencia organizada, conflictos sociales, distribución de recursos económicos, problemas intercomunitarios, decisiones de asamblea por temas religiosos.

Es indispensable que el Estado establezca mecanismos legales e institucionales que brinden una atención inmediata, humanitaria y bajo enfoque de derechos humanos a las personas desplazadas internamente, pero especialmente a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad como lo son niñas, niños y adolescentes.

El maestro, Francisco Toledo, becó a niños y niñas desplazados de Loxicha, Sierra Sur

En 1996, la persecución policial y militar del Estado mexicano al Ejército Popular Revolucionario (EPR) en comunidades zapotecas del municipio de San Agustín Loxicha, originó detenciones masivas, ejecuciones y el desplazamiento de decenas de familias a la ciudad de Oaxaca.

En esos años, fines de la década de los 90 y principios del nuevo siglo, era común ver a niños y niñas, hijos de los presos o los asesinados, deambular por el Zócalo, la Alameda de León y calles del Centro Histórico, para pedir algunas monedas.

Muchos de ellos, carecían de acta de nacimiento e incluso no habían sido bautizados en el catolicismo. Fue así que un grupo de activistas y algunos periodistas se organizaron para inscribir a los niños y niñas en el Registro Civil y hasta para que recibieran las aguas bautismales.

En el bautizo masivo, uno de los padrinos fue el pintor juchiteco, Francisco Toledo. Aunque convencerlo no fue nada fácil, porque rehuía de este tipo de ceremonias, fiel a su particular personalidad, más aún cuando estaba totalmente alejado de la religión.

Pero no todo quedó ahí, con la venta de sus obras de arte, porque Toledo ayudaba económicamente a las familias desplazadas y tenía como becarios a los niños y niñas, para que iniciarán o continuaran su educación básica.

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