EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Desde el inicio del gobierno llamado de la Cuarta Transformación, los órganos autónomos, particularmente el Instituto Nacional Electoral –el INE- han estado en la mira. Una institución que validó el triunfo arrollador del presidente López Obrador y de su partido en 2018; que ha documentado sin vacilaciones el posicionamiento mayoritario del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), en el mapa electoral del país, paradójicamente ha sido objeto de calumnias y descalificaciones. Y ahora quieren desaparecerlo.

Se trata de un duro revés para la incipiente democracia mexicana, hoy tan entredicho. Costó mucho trabajo convertirlo en una institución con perfil ciudadano, para volver al estatismo electoral. Hay que recordar que luego de meses de discusiones, la reforma política que se plasmó en la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales y fue aprobada por el Congreso de la Unión en diciembre de 1977, allanó el camino para la creación de un órgano autónomo, que no dependiera del gobierno.

En lo personal siempre he deplorado de los diputados plurinominales o de representación proporcional. Su existencia obedece a privilegiar a las cúpulas partidistas y las mafias que se han enquistado ahí. Sólo unos cuantos se reciclan cada elección. Ahí están hoy, por ejemplo, don Augusto Gómez Villanueva del PRI, de 92 años de edad, que ha sido una decena de veces legislador federal, o Porfirio Muñoz Ledo, primero en el PRI, luego en el Frente Cardenista y hoy en Morena o Pablo Gómez, soterrado vividor de la izquierda.

Lo que no podemos negar es que, desde la reforma de 1977, cuando se elevó a rango constitucional el reconocimiento de los partidos políticos como entidades de interés público, también se buscó crear contrapesos a los partidos hegemónicos. En aquel entonces el PRI. Se procuró ampliar la participación de los demás en el Congreso. Y así entraron a ocupar curules, miembros de otros institutos políticos, a través de ciertas fórmulas que aplican los órganos que califican la elección. La democracia mexicana, además de su medianía es también demasiado onerosa. Coincido con la urgencia de reducir el financiamiento a los partidos políticos, sin embargo, desaparecer los institutos estatales o los órganos jurisdiccionales para concentrar todo lo referente a elecciones en una institución central, es retroceder hacia el autoritarismo y el centralismo pernicioso. La pelota está en la cancha de la Cámara de diputados federal. Obviamente habrá mucho ruido al respecto. Esperamos madurez y una postura firme del bloque opositor.

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