EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Desde hace algunos años la situación del internado de Reyes Mantecón ha sido dramática. Una institución tan noble, en la que padres de familia de escasos recursos, no sólo de las ocho regiones del estado sino inclusive de otras entidades, llegaron con sus hijos en busca de estudio y manutención, hoy refleja los síntomas propios del abandono, la apatía y la indolencia oficial. Estudiantes de ambos sexos sobreviven ahí de milagro.

Creadas como instituciones educativas de la post Revolución, Reyes Mantecón, como al menos 30 internados en todo el país, se mantuvieron como Normales Rurales hasta 1969. Identificadas como focos de rebeldía e inconformidad social, después del movimiento de 1968 fueron partidas en dos. Algunas mantuvieron su estatus de escuelas de mujeres y otras de hombres. Las más devinieron instituciones mixtas de educación secundaria, otras de educación normal.

Alumnos y alumnas internas vivían, dormían, comían y se formaban ahí. La educación era integral. No sólo se atendía el plan oficial de estudios académicos, sino una formación completa que el futuro maestro requería para la vida. Se impartían también clases de agricultura, ganadería, apicultura, industrias rurales y talleres de artes y oficios. Había terrenos para el cultivo de maíz, frijol, sorgo, etc. Y los propios alumnos eran responsables de cosechar.

El destino generacional era ir a las zonas rurales y enseñar no sólo los rudimentos del leer, escribir y las operaciones básicas, sino, además, todo un abanico de conocimientos. Miles y miles de maestros rurales abrevamos en sus aulas. Y nos forjamos en la disciplina, la medianía de las raciones alimenticias, el sacrificio y la lealtad. Las enseñanzas de la lucha revolucionaria vinieron por añadidura.

Sin embargo, desde los años 80 del Siglo pasado, creo entender que empezó su debacle. Algunos internados fueron cerrados, como el de El Mexhe, Hidalgo; otros sobrevivieron marcados por el radicalismo como Ayotzinapa, Guerrrero. Pero hay algunos como el ya citado caso de Reyes Mantecón, que luchan por sobrevivir. Reportajes recientes revelan condiciones deplorables en las instalaciones y en la manutención de los y las estudiantes.

Ojalá que las autoridades educativas volteen a ver este remanente de una época que tuvo una grandeza excepcional. Ahí se formaron también artistas, compositores y deportistas. Pero, sobre todo, grandes educadores, muchos de los cuales hicieron de la vocación magisterial, un auto de fe. Hace falta una gran cruzada para devolverle algo de lo mucho que aportó a quienes llegamos algún día a llamar a aquel legendario portón de metal que aún resguarda su entrada.

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