EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Poco a poco y casi sin percatarnos de ello, la ciudad capital se ha ido convirtiendo en rehén de raterillos, asaltantes a mano armada y sicarios. En los últimos días se han cometido, a plena luz del día, diversos delitos, como el hecho de privar de la vida a un joven o asaltos a transeúntes, en restaurantes y zonas pobladas, sin que las corporaciones policiales den pie con bola. El uso de motocicletas para cometer los hurtos se ha generalizado.

Se han difundido videos de cámaras de seguridad privadas o públicas, del modus operandi de ladrones que despojan automóviles de llantas u otros accesorios. De atracadores domiciliarios que a través de maniobras penetran a los hogares. De ratas que arrebatan teléfonos celulares en calles o mercados o viciosos que usan la llave china para someter a sus víctimas. Es decir, a las corporaciones policiales se les ponen en las manos los elementos para identificarlos y proceder. Pero tal parece que se duermen en sus laureles.

A casi seis meses de entrar en funciones, el gobierno de la ciudad no ha presentado ante la ciudadanía su Plan de Desarrollo Municipal, algo que contempla la Ley Estatal de Planeación, supongo que vigente en el estado. Ahí deben plasmarse las estrategias para abatir o reducir la inseguridad. No se trata de buenas intenciones ni de discursos o promesas, sino de acciones concretas y propuestas viables, habida cuenta de la percepción que tiene el ciudadano común de que ya no se puede transitar por las calles sin el temor a ser asaltado.

Por ello ofende al sentido común cuando escuchamos el viejo mito de que Oaxaca es una de las entidades más seguras del país. Y duro y dale con el mismo ardid. Y no se trata de que aspiremos a ser el remanso de paz, a sabiendas de lo que ocurre en nivel nacional. No. Sino de que las autoridades se ubiquen en la realidad. Y acepten que la seguridad es un desafío que requiere algo más que echar las campanas al vuelo.

Pareciera casualidad, pero no lo es. Cada que en Oaxaca ocurren hechos delictivos graves, ejecuciones o sonados asesinatos –como los diez homicidios dolosos del pasado fin de semana- como por arte de magia en las altas esferas del gobierno empiezan a repetir como loros, el viejo cuento de la entidad segura. Sabemos la percepción que se tiene en el gobierno de la llamada Cuarta Transformación del tema de la seguridad; de abrazos no balazos, que ha llevado al país al precipicio.

Sin embargo, algo tiene que hacerse en Oaxaca para no convertirnos en un Guanajuato, Colima, Zacatecas, Michoacán o Guerrero, en donde la muerte sí tiene permiso. Eso sería darle la estocada final a esta noble entidad, que nos ha visto crecer y nos ha dado tanto. Lo menos que podemos hacer es defenderla o al menos denunciar la abulia y la irresponsabilidad de las autoridades.

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