EL COMENTARIO DE HOY

Juan Pérez Audelo/ Columna 

Los oaxaqueños recién celebramos una jornada electoral, en donde se despejó la incógnita respecto a quién estará al frente del poder ejecutivo el siguiente sexenio. Sin embargo, dicho proceso dejó entre la ciudadanía, pero, sobre todo en los partidos políticos y órganos electorales, una dura lección: la apatía y un inevitable desprecio por el entramado en donde se ha cimentado nuestra incipiente democracia.

Y no es que se ponga en tela de juicio la transparencia y verticalidad de los árbitros electorales, que en ésta como en otras elecciones han dado un ejemplo de pulcritud y profesionalismo, sino de un sistema de partidos ya desgastado. En verdad, salvo el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y tal vez Acción Nacional -PAN- el resto recibió una votación realmente irrisoria.

La apatía ciudadana se reflejó en un porcentaje histórico de abstencionismo. Casi el 62%, lo que implica que sólo salió a votar un 38% de un padrón electoral de más de 2 millones de ciudadanos. En términos llanos, votaron sólo 4 de 10 oaxaqueños. Y es que, ya es un secreto a voces, que algunos partidos políticos, que son financiados con recursos del erario público, son patrimonio de grupos si no es que de familias.

Es decir, hay una visión patrimonialista en los institutos políticos. Como los sindicatos y confederaciones. Una elite mantiene a sangre y fuego el control. Deciden quiénes participan y quiénes no. Hay un desprecio ominoso por la militancia y, particularmente, por la declaración de principios de cada partido. He ahí el por qué hay tantos políticos tránsfugas y chapulines que, para no estar fuera de la generosa nómina, brincan de partido en partido.

Nuestra clase política y el propio ejercicio de este oficio, han perdido el respeto ciudadano. En el imaginario colectivo se les ve como instrumento de corrupción y enriquecimiento. Como pivote de conveniencia y poco compromiso con la ciudadanía. Lo difícil es reivindicarlos en estos tiempos de un cinismo acendrado y nula vigencia de la ley. Y hay razón, hay legisladores sacados de la nada, sin formación, sin experiencia, sin capacidad. Simples advenedizos.

El nivel de abstencionismo, aunque minimizado por los aludidos partidos, es una seria llamada de atención. Ya no cuajan ni discursos ni buenas intenciones. El pueblo demanda libertades para trabajar y transitar; vivir en paz y con seguridad. Lo demás le viene valiendo. Hay incredulidad respecto a lo que se proponen los gobernantes, pues al final resultan un fiasco. Cuando la ciudadanía deja de creer, es cuando deben encenderse las luces de alerta en nuestro acartonado sistema político.

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