Boca Juniors y la ‘final maldita’ de 2018

Boca Juniors perdió su última final de Copa Libertadores en el año 2018, ante su eterno rival: el River Plate

Agencia

BUENOS AIRES. Más allá del resultado deportivo, que Boca Juniors llevará siempre grabado a fuego -ya es malo perder un título continental, pero hacerlo con el eterno rival es lo peor que un equipo puede vivir-, la última final de Copa Libertadores jugada en 2018 por el Xeneize estuvo plagada de escenas negativas.

Por eso, las peleas protagonizadas este jueves en Río de Janeiro por hinchas de Boca Juniors y Fluminense y las posteriores negociaciones entre estamentos deportivos y futbolísticos llevaron a recordar a la afición xeneize aquella que les resultó una “final maldita”, pues tuvo de todo y sirvió para que River Plate, su máximo enemigo, se alzase con el triunfo.

En 2018, la Conmebol se frotaba las manos al vivir una final del máximo torneo continental, la última que iba a disputarse a doble partido, porque en 2019 debutaba la sede única, que era no ya un clásico internacional, sino un Superclásico de uno de los países con mayor tradición futbolística: Argentina.

Que Boca y River trasladasen sus disputas locales al mejor escenario posible del fútbol sudamericano era un sueño para todos los amantes del balompié en la región. Y todos, futbolistas, aficionados, periodistas, dirigentes, eran conscientes de que los ojos del mundo, esta vez sí, estarían puestos en Buenos Aires para la ‘Gloria Eterna’.

Para el 10 de noviembre de 2018 estaba programado el primer asalto, que debía disputarse en La Bombonera. Ese sábado la lluvia fue tan inclemente que inundó parte del legendario coliseo del barrio de La Boca e impidió cumplir con esa primera parte del trámite futbolístico.

El partido de ida quedaba aplazado al domingo 11.

Ese día, los eternos rivales empataron 2-2, con tantos de Ramón Ábila (m.33) y Darío Benedetto (m.45) para los locales y de Lucas Pratto (m.35) y de Carlos Izquierdoz (m.60) para los visitantes. Todo quedaba para el duelo de vuelta, el 24 de noviembre.

Y ese día, cuando efectivamente todos los ojos estaban posados en las calles de Buenos Aires, cobró protagonismo la peor de las realidades del fútbol argentino: la violencia.

Horas antes del encuentro, fanáticos del ‘Millonario’ atacaron el autobús que trasladaba a los jugadores de Boca Juniors al Estadio Monumental con piedras y botellas de lata, lo que derivó en vidrios rotos, gases lanzados por la Policía para dispersar a los agresores y varios jugadores afectados.

Ese bochorno transmitido en vivo, seguido por la serie de decisiones tomadas posteriormente, hicieron de la final una de las más inolvidables (si no la más) de las últimas décadas.

La larguísima reunión celebrada posteriormente entre los directivos de ambos clubes y de la Conmebol llevó a postergar dos veces la del comienzo del encuentro hasta que el presidente del organismo, el paraguayo Alejandro Domínguez, anunció: “Un equipo no puede jugar y el otro no quiere ganar en estas condiciones”.

La inmediata celebración en Argentina -país entonces presidido por el que había sido máximo dirigente auriazul entre 1995 y 2007, Mauricio Macri- de la Cumbre del G20 hizo que los jerarcas deportivos optaran por una solución salomónica: una sede neutral.

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