El comentario

Juan Pérez Audelo / Columna

Nuestra capital cumple este 2023, 36 años de que el Comité del Patrimonio Mundial, órgano de composición restringida de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la reconoció como Patrimonio Cultural de la Humanidad. En 1988, se colocaron las placas alusivas en la capital: en el zócalo y Santo Domingo, además, en la Zona Arqueológica de Monte Albán y el conjunto conventual dominico de Cuilápam de Guerrero. De las que se montaron en la capital, ya sólo quedan los cascarones.

Mientras algunas ciudades o sitios que han tenido un reconocimiento similar, salvaguardan sus monumentos históricos, aquí cada marcha o movilización de grupos de toda laya, maestros, mujeres, normalistas, etc., han contribuido a un deterioro progresivo de los mismos. El grafitti y las consignas plasmadas en centenarias canteras, sin leyes que protejan al citado patrimonio, nos ubica como un pueblo sin ley; una sociedad de primates que destruyen todo a su paso.   

Lo anterior viene a tema, pues la semana pasada el ejecutivo estatal dio a conocer que en una acción conjunta entre el gobierno y la empresa Iberdrola llevarán a cabo la iluminación de 10 edificios históricos. El proyecto durará cinco años. Dos edificios por año. Los primeros serán la Catedral Metropolitana y el Templo de Santo Domingo de Guzmán. También los templos de San Matías Jalatlaco, San Felipe Neri, la Preciosa Sangre de Cristo, la Compañía de Jesús y San Agustín. Además, la Basílica Menor de Nuestra Señora de la Soledad, el Teatro Macedonio Alcalá y el Palacio de Gobierno.

Se trata, sin duda, de un proyecto interesante. Más allá de las innovaciones tecnológicas en materia de iluminación, será algo así como un plus a la belleza de nuestro rico patrimonio monumental. Sin embargo, con certeza, el gobierno de la Primavera Oaxaqueña debe prever el mantenimiento y la vigilancia de los edificios que serán beneficiados. No hay que olvidar que el pasado 21 de marzo, cuando se iluminó al apotegma de Juárez en el Cerro de “El Fortín”, poco tardó para que llegaran las ratas de siempre a desmontar las luces y robarse el material.

En realidad, hay mucho por hacer para devolverle la dignidad y su ancestral señorío a nuestra capital que, como hemos dicho, la gentrificación y las erráticas políticas públicas, la han convertido en una mezcla amorfa de anarquía e irresponsabilidad. Más perniciosa ha sido la impunidad e indolencia de quienes, al amparo de la multitud, depredadores y parásitos, continúan en su labor de destrucción de nuestro rico acervo histórico.

Ya no son novedad los constantes reconocimientos a la capital, de revistas o plataformas de turismo, ni del jolgorio perpetuo. Son sólo fuegos fatuos o espejismos ante una realidad desoladora. Conferencias y conversatorios a granel. Empero, es lamentable que no exista una defensa genuina ante el grave deterioro y los atentados a su rico patrimonio.

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