El comentario

Juan Pérez Audelo / Columna

En los últimos días del periodo decembrino, Oaxaca, no estuvo exenta de escándalos políticos y presiones sociales. Los primeros alentaron el morbo, los dimes y diretes; la victimización y el “yo no fui”, tan usual en estos tiempos de efervescencia electoral. Las presiones, plasmadas en bloqueos tuvieron dos causas: una, alentada por dirigentes de organizaciones sociales, ya habituados a que, en regímenes anteriores, antes del fin de año les daban su jugoso aguinaldo y dos, otras tuvieron como móvil demandas sociales, como el suministro de agua potable en la capital.

Lo que más llamó la atención fue la difusión en redes sociales de videos y audios, en los que dos personajes que se disputan la candidatura a la presidencia municipal de Oaxaca de Juárez, salieron raspados y salpicados de lodo. Con lenguaje soez, injurias y amenazas, lo que se presume debería ser civilidad y respeto, la disputa entre militantes de un mismo partido habría derivado diálogo de adversarios enconados, visto bajo la sospecha de que algo grave y oscuro se esconde detrás.

Como ya es usual en estos últimos tiempos en el Movimiento de Regeneración Nacional –Morena-, las evidencias de audio y video, fueron descalificadas. El diálogo –afirmaron los involucrados- nunca existió, pero eso sí, se trata de una guerra sucia de otros actores y partidos políticos. Es decir, los responsables son otros; las víctimas son los protagonistas de este drama penoso. Lavarse las manos y echarles la culpa a los de enfrente, como si la ciudadanía adoleciera de alguna discapacidad mental.

Si bien es cierto que, como lo comentamos la semana anterior, los órganos electorales y jurisdiccionales no están en su mejor momento, deben existir al interior de los partidos políticos, mecanismos o comisiones que sancionen este tipo de escándalos. La lectura ante el ciudadano y votante potencial es que la definición de las candidaturas a los cargos de elección popular, serán una guerra de conveniencias, ambiciones desatadas y hasta intereses delictivos. Nada de servir al pueblo ni algo parecido.

Todo tipo de violencia, particularmente la de género es reprobable. Deben ser los propios institutos políticos los que deben alentar entre sus cuadros y militancia, la civilidad y la competencia libre y mesurada. El capítulo del que hablamos –aun cuando fue descalificado- no es un ejemplo de madurez, tolerancia y cordura, sino la expresión más baja de la forma en que se dirimen las controversias al interior del mismo partido en el poder. Si las premisas de “no mentir, no robar y no traicionar” son reales, la primera tarea de sus dirigentes debería ser, solicitar a las autoridades judiciales verificar la autenticidad de audio y video.

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