El comentario

Juan Pérez Audelo / Columna

La gentrificación, calificada como un proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo, ha impactado de manera brutal a la capital oaxaqueña. Barrios que se consideraban hasta hace pocos años, típicos y populares, han derivado espacios cuasi exclusivos para el turismo foráneo. Y la misma Secretaría de Turismo federal los ha calificado como “barrios mágicos”, aunque hay que decirlo, en poder de extranjeros.

Para el turismo de morral, nacional o interno, se han vuelto casi inaccesibles. Ello ha dado lugar a que se hayan cometido en los últimos tiempos, situaciones que desde cualquier punto de vista pueden ser calificadas como discriminatorias. Y las denuncias han estado a la orden del día. En restaurantes de moda y de reconocidos chefs locales, se reservarían terrazas y lugares exclusivos, no aptos para mexicanos y oaxaqueños, salvo el pago de un consumo elevado inaccesible para nuestro bolsillo.

Hace unos días, las redes sociales dieron cuenta de un café en el Centro Histórico, cuya carta solamente existía en inglés. Si bien hubo un deslinde, la evidencia fue más contundente. ¿Acaso estamos llegando a los niveles insultantes que prevalecieron en los Estados Unidos, hasta mediados del Siglo XX, de no permitir la entrada de negros a restaurantes o lugares públicos? Hace unos meses, el gobierno de la Ciudad de México emitió serias sanciones y hasta amenazas de cierre en negocios de consumo de alimentos en Polanco, en donde personas de tez morena o rasgos indígenas eran segregados en atención y se les enviaba a mesas aisladas.

Paradójicamente, nos llenamos la boca, política y socialmente para enarbolar nuestra riqueza multiétnica y pluricultural; nuestra variada gastronomía cada vez más estilizada y despojada de su originalidad y todo aquello que se dice, la identidad originaria. Se trata del espejismo del turismo que arriba a la capital cada temporada y que cual más cual menos, le quiere sacar hasta el último céntimo del bolsillo. Producto de ello, se ha dado un crecimiento inusual en la instalación de terrazas y pegostes, que han trastocado el rico patrimonio monumental que tenemos.

De seguir permitiendo las autoridades este tipo de excesos, muy pronto tendremos que lamentar que esas prácticas de segregación, discriminación y hasta xenofobia se conviertan en el común denominador. Ya hemos comentado que en materia de turismo hace falta imaginación, creatividad y mayor difusión de lo nuestro, no pura fiesta. Tampoco este tipo de prácticas que, al menos entre los miles de visitantes del país que llegan, nos pone a los ojos de los mismos, como un pueblo servil y sumiso a las modas externas.

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