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El comentario

Juan Pérez Audelo / Columna

El llamado bullying no es nada nuevo. Ha existido desde hace mucho tiempo. Su práctica corre paralela a nuestro mismo sistema educativo. Según la página de internet alusiva al tema, “se refiere a los comportamientos frecuentes, como agresión física, intimidación y amenazas, por parte de una alumna o alumno, o bien de un grupo de alumnas o alumnos para humillar o transgredir emocionalmente a sus compañeras o compañeros”. Insistimos, siempre lo ha habido. El bravucón de mayor peso y tamaño sobre el más chico. La alumna tímida, pasto seco para las violentas.

En las Escuelas Normales Rurales, que entonces operaban como internados, en los años 60-70 del Siglo XX, eran comunes las novatadas. Y estimo que siguen siendo. Rapar a los de nuevo ingreso; levantarlos en las madrugadas para arrojarlos a la alberca o imponerles castigos corporales. El grito aquel de ¡Pamba a los pelones!, era el terror entre los novatos. Iniciaba a veces en el comedor o en los dormitorios. No tenía horario. Éste lo imponía el más agresivo y violento. Ninguna autoridad lo prohibía. Era un festín de los mayores contra los nuevos huéspedes.

Hasta hace al menos una década, las autoridades tanto civiles como escolares empezaron a reparar en el bullying, en el que la burla, los golpes, la toma de fotos y el ciber-acoso, hizo clic con la narco-cultura, la introducción clandestina de estupefacientes en las escuelas y el boom de armas de fuego. Darse un “tirito” en la calle o a la salida de la escuela, devino no golpes sino instinto criminal. Los video juegos, la irrupción de las redes sociales, el acceso a páginas que hacen apología de la violencia y el modelo del narco, vino a trastocar nuestro fracturado nivel de valores.

Sólo un caso. Hace unos días, trascendió la golpiza que presuntas integrantes del Comité Estudiantil de la Normal Rural “Vanguardia”, en Tamazulapan del Progreso, habían propinado a una de sus compañeras. Las luces amarillas se encendieron. No son sólo los golpes, sino que obligan a las alumnas menores a secuestrar y saquear camiones de mercancías, a tomar casetas u otros ilícitos, pero todo se queda intramuros. Ahí cada quien vive su propio infierno.

Se presume que los y las alumnas de dichas instituciones provienen de hogares humildes, campesinos o de padres de escasos recursos. Terreno fértil para el adoctrinamiento, la ideología y las tendencias pseudo revolucionarias, que hacen una labor fatal. Nada ha cambiado en las décadas del sistema de normales rurales. El bullying es casi una institución, ante la mirada complaciente de las autoridades educativas; ante contenidos sesgados e ideologizados de los libros de texto y, en Oaxaca, ante graves señalamientos de que el Instituto Estatal de Educación Pública, el IEEPO, es una cuasi célula delictiva. Así, ¿cómo ponerle remedio a esta práctica ominosa y destructiva?.

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